ERNESTO BONATO
Texto publicado en el libro: Lugar, Tempo, Olhar: ARTE BRASILEIRA NA FRANÇA ROMÂNICA, de Anne Louyot, São Paulo: Ateliê Editorial, 2009. “De niño, me gustaban tres cosas: dibujar, oír historias y observar la naturaleza; por ejemplo, un camino de hormigas o el agua de la lluvia. No he cambiado mucho. Creo que es muy importante escuchar historias, también sentir el encanto de las cosas simples, comunes, cotidianas. Es necesario estar atento a lo que nos rodea, tratar de estar presentes. El dibujo es, para mí, un medio de aproximarse a la realidad de un modo diferente. Es más un instrumento de aproximación que de representación. Un instrumento de conocimiento. En verdad, el arte en sí no me interesa tanto. Lo que me interesa es estar presente, es alcanzar cierta calidad de presencia. A veces, estar presente puede significar hacer una imagen. Y cuando hacemos una imagen, ¿será ella una revelación? ¿O alguna cosa completamente nueva? Puede ser un poco las dos cosas… El amor por la naturaleza es del mismo orden que el amor por la materia, por la técnica. Todo está relacionado. Escojo cuidadosamente la materia, la madera, el metal, el papel, la tinta. Adapto la forma a la materia. La imagen tiene otra consistencia - mental. Es necesario que ella se encarne en la materia. La madera, trabajada con punta seca, penetra en la imaginación. Es de ese trueque que nace la trascendencia. Así, el trabajo sobre la materia consiste en crear situaciones que favorezcan una percepción más aguda, más amplia. El primer momento es de reconocimiento. Reconocimiento de sí, reconocimiento de la materia. Después, viene la aproximación, progresiva, rica en variaciones. La imagen material nace de este trabajo. Ella es un entrelazamiento de la imagen mental con la imagen que preexiste en la materia, que emerge de la resistencia de la materia. Los caminos de la materia y del espíritu se cruzan. Y ellos son sinuosos…. No me preocupo con el “estilo”. Adapto mi técnica a mi búsqueda. Desde mi punto de vista, el artista debe ser capaz de ampliar el campo de las experiencias, correr riesgos. Tratar de no encerrarse en una técnica o forma que le impida ir al encuentro de los otros, de compartir verdaderamente. La percepción queda incompleta sin el acto de compartir: el trabajo del artista debe, por un lado, permitirle encontrar su justa medida en el mundo y, por otro, trasmitir a los otros las imágenes que él traduce de esa experiencia sensible. El artista es aquel que da testimonio. Él no puede permanecer sólo en el encantamiento, él está allí para anunciar el encantamiento, para que el encantamiento se desborde. Para afirmar “¡que maravilla!” El valor de la imagen material – su fuerza de trascendencia – depende mucho de la práctica del artista. La necesidad de la práctica es una evidencia en la música, por ejemplo. Mas, en las artes plásticas, ella es muy olvidada. En el fondo, ¿qué viene a ser la práctica? Es la disponibilidad para que la experiencia tenga lugar. Y, para eso, es preciso organizarse. Interiormente y exteriormente, todos los días. Es preciso estar siempre listo. Esa preparación es, ciertamente, mental y espiritual, pero también física. La inteligencia del espíritu no sustituye a la del cuerpo. Esta debe ser ejercitada diariamente, en los gestos, en el conocimiento físico, directo, del instrumento, de la materia. El artista es aquel del cual se dice: en lo que depende se sí, debe estar preparado. ¿Preparado para qué? Para acoger una revelación. Alguna cosa conocida, alguna cosa que pertenece altamente a la vida, pero permanece escondida. Y que se revela por la materia, por el trabajo del artista sobre la materia. Claro, hay imperfecciones. Una obra es el encuentro de una perfección con imperfecciones. Pero lo que cuenta es la acomodación de quien la observa. Y ella viene frecuentemente de esta tensión entre la naturaleza de la perfección y la imperfección de su encarnación. Es por eso que soy muy sensible al arte sacro. El encuentro con el arte románico reforzó en mí esa convicción de que el arte puede ser el crisol de una revelación, suscitar un reconocimiento, un reencuentro que coloca al artista y al espectador en un estado de plenitud. Los capiteles de Anzy-le-Duc son un ejemplo de eso. El escultor de El Acróbata alcanzó ese estado de plenitud, él estaba presente en sí mismo. Y él continúa presente hasta hoy. Este capitel me permitió comprender la existencia de algo que es compartido entre aquellos que hacen, de mano en mano. Es diferente a la experiencia mística o intelectual. Para mí, era muy emocionante estudiar y reconocer las diferentes manos de los talladores de piedras, algunas más nerviosas, pero enérgicas, otras más dulces, atentas. El arte románico era – es – un acto de concordancia. Hoy, el arte parece buscar la discordancia. No revela, desentona, se enorgullece de su disonancia. Sin embargo, ¿qué es el arte que no busca ser percibido por un mayor número de personas? ¿Que no busca la armonía con su ambiente, natural y humano? |
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